La historia “oficial” de Puerto Rico está colmada de medias verdades, falsedades, misterios y, por ende, controversias que, al parecer, difícilmente serán convincentemente esclarecidas. Comenzando por el argumento de que el «Gran Almirante» genovés Cristóbal Colón (1451-1506) fue el descubridor de Puerto Rico para efectos de la Corona Española – entiéndase España, que durante el Siglo 15 era el Imperio más poderoso del mundo –, el 19 de noviembre de 1493.
El asunto es que no pocos historiadores establecen la teoría de que, casi un año antes, exactamente el 24 de diciembre de 1492, ya había llegado a esta tierra la carabela La Pinta, con 26 pasajeros a bordo y capitaneada por Martín Alonso Pinzón (1440-1493). Esta nave se había separado de La Niña y la Santa María en Cuba, antilla que Cristóbal Colón llamó Juana y a la que llegó el 28 de octubre, marcando así el primer encuentro entre las culturas europeas e indocaribeñas. Por tanto, habría que concluir que Puerto Rico fue descubierto durante el primer viaje de Colón al Nuevo Mundo y que éste no fue el descubridor, sino Alonso Pinzón once meses antes de la que tradicionalmente se ha considerado fecha oficial de tal gesta. O sea, el 19 de noviembre de 1493. Aquel 24 de diciembre los referidos visitantes peninsulares celebraron la primera Nochebuena de la historia puertorriqueña. Por otro lado, Alonso Pinzón fue quien primero llegó a España con noticias del Descubrimiento.
Quien siempre hemos considerado “descubridor”, Cristóbal Colón, llegó acompañado por una flota de 17 buques con millar y medio de personas, entre los que habían militares, funcionarios de la Realeza, hidalgos, labradores y artesanos provistos de sus herramientas particulares. Había zarpado del Puerto de Cádiz el 25 de septiembre. Con rumbo algo más al Sur que en su primer viaje al Nuevo Mundo, esta expedición se encontró, en su ruta hacia La Española, con Antigua, Dominica, Guadalupe, Islas Vírgenes, San Martín, Santa Cruz y, finalmente, Puerto Rico, isla a la que los cerca de 4,000 nativos taínos, descendientes de los araucos de Sudamérica, llamaban Borikén. Colón le estampó el nombre de San Juan Bautista. Puerto Rico fue avistado por los expedicionarios el día 17 y, durante el 18, recorrieron la costa sin hacer escala en ella. El 19 se detuvieron en algún punto del litoral Oeste. Jamás se ha podido establecer con exactitud si fue en Aguada o en Aguadilla. Así, para efectos de la Corona Española, se gestó el Descubrimiento de nuestra patria.
La historia oficial de Puerto Rico está colmada
de medias verdades y controversias.

El largo proceso de Colonización, encomendado por el Rey Fernando El Católico a Juan Ponce de León (1460-1521) – personaje nefasto condenado por lo imborrable de la historia, pero tradicionalmente reverenciado por los gobiernos de América – comenzaría el 12 de agosto de 1508, fecha en la que arribó a nuestra tierra bordo de un bergantín junto a 50 acompañantes, desembarcando en algún lugar de la costa de la región Sur perteneciente al cacicazgo de Agüeybaná. Dos años después recibiría el nombramiento de Gobernador.
Dada su posición estratégica, Puerto Rico (nombre que se le estamparía ya avanzado el Siglo 16) se convirtió en una isla muy militarizada por los colonizadores, siendo esmeradamente fortificada y más tarde amurallada para resistir los ataques de corsarios ingleses, franceses y holandeses.
Nuestra Isla, plaza fuerte y básica para la defensa del Caribe, no sólo conserva una de las mejores fortificaciones de América, sino que fue ejemplo de mezcla de razas, habitada por los indios taínos hasta la llegada de los españoles. La población nativa no tardó en convertirse en mezcla de taínos, españoles y esclavos africanos. Una auténtica mezcla multirracial.

Las continuas guerras que azotaron Europa durante siglos provocó hambre y grandes penuarias a las naciones del Viejo Mundo. El Descubrimiento de América, con sus grandes riquezas y nuevos horizontes por explorar supuso una esperanza para estos pueblos. Y muchos emigraron a América, a pesar de las horrorosas condiciones vida que implicaba la larga travesía por mar. Unos buscando la manera más fácil de enriquecerse y, otros, sencillamente, la de sobrevivir.
El Tratado de Madrid permitió que gran parte de la cuenca caribeña pasara a dominios de los ingleses y franceses. Éstos establecieron colonias que pronto se convirtieron en nidos de piratas y corsarios. Gracias al apoyo que Francia e Inglaterra les brindaban, aquellos temerarios asaltantes disponían de bases seguras donde adquirir provisiones y reparar sus barcos. Durante dos siglos aterrorizaron las costas americanas, obligando a los españoles a fortalecer sus principales colonias. Fortificaciones como las de Puerto Rico y Cartagena de Indias, en Colombia, todavía pueden apreciarse como ejemplos de arquitectura militar.
Inicialmente, la Corona Española consideró que no era necesario un exercise particular ni fortificaciones importantes para defender las colonias, ya que el dominio de los mares de América era totalmente español. La defensa correspondía a los encomendaderos. Éstos debían mantener en perfecto estado sus caballos, espadas, picas y demás armas para, en caso de ataque, defender a la población.
A partir de 1530, con la aparición de los primeros piratas franceses, esto resultó inuficiente. Entonces se hicieron necesarias fortificaciones y guarniciones más numerosas. En 1533 se construyó el Palacio de Santa Catalina o La Fortaleza, que se utilizaría como residencia del gobernador. Seis años después, 1539, comenzó a levantarse el Fuerte San Felipe del Morro, punto estratégico que se hizo blanco de ataques de piratas franceses, holandeses e ingleses. En 1634 se construyó el Fuerte San Cristóbal y, durante estas fechas, se inició el amurallamiento de San Juan.
Este fascinante mundo de piratas no culminó con esta etapa de la historia ni Miguel Enríquez fue nuestro único corsario puertorriqueño. Porque hoy, ya en pleno Siglo 21, quienes estén de visita en el Viejo San Juan, cuando menos se esperen podrían toparse con el «Capitán Coraje», un corsario de nuestros tiempos al rescate de la historia.
Se trata del santurcino Robert R. Oker Orta, personaje muy singular que, ataviado a la usanza corsaria (calzón, camisón, cazaca, bandolera y polaina) recorre las calles de la Zona Colonial capitalina con la misión cultural de recrear la historia de los piratas y corsarios del Caribe. KooltourActiva conversó con el «Capitán Coraje» sobre cómo se adentró en su peculiarísima aventura. ¡A ver, pues…!
KTA: ¿Qué motivó tu pasión por la historia corsaria y pirata?
“Siempre tuve sangre de coleccionista. Inicié una colección de tarjetas postales apoyado por familiares y amigos. Noté que en estas siempre estaba presente el tema corsario. Así también nació mi blog Y tu pueblo, ¿dónde está? en la que ofrezco información histórica sobre los municipios de Puerto Rico. La mar de historias interesantísimas que descubrí me hizo estudioso del tema. Me di cuenta de lo mucho que falta por contar y por exponer. Y así lo estoy haciendo a través de «Capitán Coraje»”.
KTA: ¿Cómo te iniciaste en esta agenda cultural?
Robert R. Oker Orta «Capitán Coraje»
señala que las autoridades oficiales
no han colaborado con su iniciativa cultural
de manera significativa.
El 4 de julio lo declararon como día de la Bandera Corsaria
“Todo comenzó en 2006 mientras colaboraba con el Regimiento Fixo en la recreación histórica de Infantería Siglo 1891 en El Morro y el Castillo San Cristóbal de nuestro antiguo San Juan. Luego formé parte del Real Cuerpo de Artillería y, en el Fuerte San Marcos, obtuve la Certificación de Artillería. En diciembre de 2009 tomé el curso de manejo de pólvora negra y disparo de fusiles calibre 69 (del 1757) dirigido por NPS en el Castillo San Cristóbal”.
KTA: ¿Cómo surgió Corsarios del Caribe?
“Corsarios del Caribe es una organization comunitaria puertorriqueña, de recreación histórica, sin fines de lucro. Nuestra misión es preservar y recatar el valor histórico, cultural y educativo de nuestro glorioso pasado. Nos present Amos en actos y homenajes meritorious organizados por instituciones culturales, comunitarias, cívicas y educativas”.
KTA: ¿Responde nuestra acividad cultural a nuestra realidad histórica?
“Realmente existe mucho desconocimiento sobre las ejecutorias de los boricuas y se le da poca exposición. La historia puertorriqueña está llena de medias verdades y hay mucho por exponer e investigar. Ese es nuestro principal objetivo: resaltar los valores nacionales que forjaron nuestra historia, rescatándolos para que el mundo los conozca”.
KTA: ¿Cuentan con algún respaldo gubernamental?
“Muy poco. Por ejemplo, Corsarios del Caribe nació, oficialmente, en agosto de 2009 y el registro en el Departamento de Estado se hizo el día 11. Siendo una entidad sin fines de lucro, se nos exigieron registros, papeleos exagerados y… ¡hasta el IVU!, pues nos consideran “negocio ambulante representante de las artes”. Subsistimos básicamente de los donativos de quienes asisten a nuestras actividades, lo cual sólo compensa para los gastos de materiales y vestimenta. No puedo negar que hemos recibido colaboración en lo que respecta a conseguir permisos para utilizar las facilidades de El Morro, el Instituto de Cultura y algunos locales, pero en cuanto a orientación sobre historia o promoción de las actividades, como ya te dije, muy poco”.
KTA: Sé que realizan sus actividades en diferentes municipios, por lo general a favor de causas benéficas. ¿Qué nos dices al respecto?
“Corsarios del Caribe realiza actividades en diferentes pueblos, siempre con un carácter educativo y recreativo. Rescatamos lugares históricos y orientamos para su preservación. Pero, igual de importante para nosotros, como organización y con la ayuda de mi esposa, la artesana Miriam Algarín «La Capitana Coraje», es llevar las mismas como obra benéfica a varias entidades u organizaciones hospitalarias como Rayito de Sol, del Hospital San Jorge”.
«Capitán Coraje» realiza una variedad de actividades educativas y divertidísimas que resultan un gran método para motivar el conocimiento y preservación de nuestro patrimonio cultural. ¡Por sólo $5 por actividad, nos abrimos ante un mundo por conocer!


Este cañón ubicado en los predios del Instituto de Cultura, conserva intacta
la inscripción de la Corona española
Este incansable trabajador de nuestra cultura cuenta en su grupo de colaboradores con el artesano Rolán Borges. Éste no sólo le colabora aportándole los toques artesanales a algunas de sus armas, sino también en la producción de un CD-Libro titulado El Pirata del Caribe. Para conocer más de sus aventuras, pueden accesar sus páginas en Factbook: Capitán Coraje, El Pirata del Caribe o su blog Y tu pueblo, ¿dónde está?
Los cuatro tipos de piratas:
Los calificativos pirata, corsario, bucanero y filibustero designan distintos tipos de asaltantes que, mediante el uso de la fuerza y la astucia, intervenían en el comercio marítimo antillano, sobre todo, durante los primeros siglos del segundo milenio de nuestra era.
La palabra pirata deriva del vocablo griego peirao, que significa “el que emprende, el que se esfuerza o el que busca fortuna”. Eran aquellos que, junto a otros de igual condición, se dedicaban al abordaje de barcos en alta mar para saquearlos. No respondían a encomienda oficial alguna, por lo que no rendían cuentas a las autoridades por sus delitos. Por tanto, eran perseguidos por los gobiernos o empresas de todos aquellos países cuyos buques habían sido atacados por ellos.
Los corsarios eran piratas que robaban con el permiso de los gobiernos de sus respectivos países, que les otorgaban licencias o Patentes de Corso, mediante la cual, a cambio de protección, se comprometían a compartir con estos los botines obtenidos.
Los bucaneros y filibusteros (vocablos de origen francés: boucanier y filibustier) eran piratas cuyos nombres se originaron en las antillas francesas e inglesas. Los primeros (buccaneers, en inglés) eran cazadores de animales salvajes cuyas carnes ahumaban en un asador o boucan. Cuando el gobierno español trató de espantarlos, se dedicaron a atacar barcos y posesiones españolas.
Los filibsteros eran aquellos que, durante el Siglo 17, formaron parte de los grupos que infectaron el Mar de las Antillas. El calificativo que se les estampó significa merodedor o freebooter, en inglés. En holandés, el vocablo adquiere el significado de depredador. A los bucaneros que se transformaron en piratas también se les denominó filibusteros.

¡Apoyemos lo de aquí íy sigamos touristeando!
R.E.L.O. / KTA.
Septiembre de 2011.

Quien conoce a un puertorriqueño no puede dejar de comentar lo diverso de nuestra cultura, mezcla de razas e historia que conforman nuestra idiosincracia. De igual forma se entrelazan el arte, la historia y la cultura. Ejemplo de ello es el mural “Tres razas – una cultura Puertorriqueña” que le presentamos hoy. Disfrutenlo y preparen su agenda para ¡touristear!
Las herencias taína, española y africana que, al unirse, dieron origen al prototipo del nativo boricua, inspiraron el mural Tres razas… una cultura puertorriqueña creado en Valencia, España, que fue develado en los jardines de la Casa Alcaldía, en San Germán, por el entonces gobernador Rafael Hernández Colón el 19 de noviembre de 1989. Dicha obra fue entregada, de manera simbólica, por Ángel Blanco Botey, a la sazón vicealcalde de dicho municipio, durante el tradicional acto conmemorativo del Descubrimiento de Puerto Rico, gesta encabezada por el Gran Almirante genovés Cristóbal Colón en 1493.
Se seleccionó a San Germán para la exposición permanente del referido mural por haber sido, junto a Caparra, territorio base de uno de los dos primeros pueblos de nuestra patria. De hecho, durante la época de la Colonización, Puerto Rico se dividía en lo que en aquellos tiempos llamaban Partido de Caparra y Partido de San Germán.
La fundación de este último quedó oficialmente constituida el 12 de mayo de 1570 en lo que entonces se conocía como Lomas de Santa Marta. Su nombre le fue estampado por Diego Colón, gobernador de la vecina isla Hispaniola en honor a Germana de Foix, princesa navarro-francesa que fuera la segunda esposa del Rey Fernando El Católico. Sin embargo, el origen de lo que es el municipio actual es más antiguo. Se remonta a febrero de 1511, cuando luego de una escaramuza con taínos y de que el viejo poblado fuera atacado y destruido por corsarios franceses, el primer gobernador Juan Ponce de León ordenó su reconstrucción en tierras más apartadas de la Costa Sur.

Los ataques de los indios Caribes obligaron a los pobladores a regresar al Sur, esta vez al Puerto de Guayanilla, en 1556. Catorce años más tarde, el 12 de mayo de 1570, la Audiencia Real de Santo Domingo ordenó que las poblaciones de San Germán y Santa María de Guadianilla se fusionaran en una sóla ciudad para ayudar a prevenir nuevos ataques de piratas franceses e ingleses. Entonces se establecieron en Lomas de Santa Marta en 1573 y, aunque oficialmente se adoptó el nombre de Nueva Villa de Salamanca, popularmente siempre se le llamó San Germán el Nuevo y, eventualmente, Villa de San Germán. Don Rodrigo Ortiz Vélez fue su primer alcalde.
El todo el territorio sangermeño y en las poblaciones que formaron parte de su geografía original existieron numerosas comunidades taínas. De acuerdo con el historiador Aurelio Tió Nazario, en Higüey gobernaba el cacique Mabó El Grande. En Tavora, el mandamás era Agüeybaná. En Villa Sotomayor, el líder era Aymaco y, en Lomas de Santa Marta, Huamay o Guamá.
El territorio del actual municipio de San Germán consta de 32,406 cuerdas o su equivalente de 54 millas cuadradas, repartidas en 16 barrios.

El pintoresco municipio de Cayey se encuentra en la región montañosa de Puerto Rico, cerca de la Costa Sur. Limita al Norte con la ciudad de Caguas y el pueblo de Cidra; al Sur, con parte de Caguas y Guayama; al Este, con San Lorenzo y otra parte de Caguas y, al Oeste, con Aibonito y Salinas. Su nombre de deriva del vocablo aruaco homónimo que significa “lugar de agua” y, a su vez, identificaba al líder taíno de la comarca, el Cacique Cayey.
Su fundación se atribuye al hacendado Juan Mata Vázquez por encomienda del entonces gobernador, Miguel de Muesas, por lo que durante muchos años su nombre oficial fue Cayey de Muesas. Quedó formalmente constituida el 17 de agosto de 1773.
El relieve montañoso de este pueblo conforma las llamadas Sierra de Cayey y Sierra de Jájome que, de paso, son parte de la cadena conocida como Cordillera Central. En la primera descansan dos picos de 2,759 pies sobre el nivel del mar y que, por semejarse a los senos femeninos – gigantescos –, los vecinos del litoral los bautizaron como Las Tetas de Cayey. Oficialmente se les llamaría Cerro Las Tetas. También se le conoce como Cerro del Torito.
Detalle curioso y motivo de vieja controversia es el hecho de que esta bella creación de la Naturaleza, a pesar de llevar el nombre de Cayey, está enclavada en la jurisdicción de Salinas, municipio al que también pertenecen los montículos conocidos como Las Piedras del Collado y Las Tetas de Salinas, que se encuentran cerca del Monumento al Jíbaro Puertorriqueño,(en reconocimiento al custodio más auténtico de la herencia cultural), en la Carretera PR-52, que atraviesa nuestra isla de Norte a Sur. La polémica generada en torno a esta situación llegó a delucidarse hasta en los tribunales de Justicia, dictaminándose que, efectivamente, lo único cayeyano de las famosas “tetas” es su nombre, pues en realidad son salinenses. Así lo confirmó la Junta de Planificación.

Sin embargo, este controversial caso no concluyó ahí, pues hace alrededor de dos décadas José Alberto Díaz, entonces alcalde de Aibonito, reclamó que los terrenos que ocupan Las Tetas de Cayey pertenecen a su municipio, aunque toda la zona empinada sí es parte de Salinas. Arguyó que ubican, específicamente, en el sector Jagüeyes de Cuyón, de «El Pueblo de las Flores», por lo que se motivó a procurar su dominio legal, ya que se trata de terrenos desarrollables donde se contemplaba la posibilidad de establecer un parador aprovechando el gran atractivo que su vista panorámica ofrece.
Un proyecto encaminado a materializar tales intenciones fue presentado ante la Legislatura durante el mandato de Pedro Rosselló, pero el mismo fue descartado de tajo, disponiéndose que toda el área donde reposan Las Tetas de Cayey y sus contornos se mantendrían inalterables, pues así resultan más atractivas para la industria turística. El 1 de septiembre de 2000, mediante la Ley 283, fueron declaradas “reserva natural”.
A pesar de estos dictámenes, para mantener la tradición, se acordó que el nombre de Las Tetas de Cayey no sería alterado, aunque todos las identifiquen con un municipio al que no pertenecen.
La leyenda
La leyenda cuenta que una india y un español de la zona se juraron amor perpetuo en las montañas de la Sierra de Cayey.

Un día los enamorados se percataron de que sus familias planeaban separarlos, así, entre disparos y flechazos, huyeron a la montaña y donde lograron herir al español. Juntos llegaron a la cima de la Sierra donde él muere y la india decide nunca separarse de su amado y se recuesta a su lado a esperar la muerte, sobre su pecho subieron con el tiempo las dos montañas
Un dato histórico sobre “Las Gemelas” (como muchos también les llaman) es que fueron adoptadas como símbolo de la unión de Cuba y Puerto Rico durante la lucha de Independencia contra España a fines del Siglo 19.

Seguramente, muchos de quienes viajan a través de los pintorescos paisajes de Yauco «El Pueblo del Café» no imaginan que en medio de tanta belleza natural, enriquecida por una deliciosa gastronomía y en la Carretera 121, justo detrás del Centro Comercial Cuatro Calles, se encuentra un verdadero tesoro. Un lugar único que debe enorgullecer a todos los puertorriqueños. Y, como entendemos que es hora de que todos lo conozcan, aquí les develamos ese secreto tan escondido… hasta ahora.
Se trata del Museo del Volky o Volkyland, como lo bautizó oficialmente su fundador, el reconocido naturópata doctor Norman González Chacón, quien desde su juventud ha sido apasionado de estos vehículos. Según confirman personalidades autorizadas de la industria automotriz, como el prestigioso Barry Meguiar, Volkyland alberga la colección privada de autos Volkwagen ¡más grande del mundo! Tan sólo en el primer salón de exhibición, que ocupa un espacio de 13,000 pies cuadrados, se muestran 75 de los 205 vehículos registrados como pertenecientes a este particular e interesantísimo recinto, inaugurado en enero del presente año, 2011.

Un recorrido por Volkyland – que su creador concibió como Fundación para la Preservación del Volkwagen – nos coloca frente a la historia de este vehículo, cuyo nombre en alemán significa carro del pueblo y que en México (específicamente en el estado de Puebla), donde se estableció su más grande y última fábrica en América, se le bautizó como “escarabajo”.
Su peculiar y rica exhibición no sólo consiste de fotos, memorabilia e información escrita sobre sus más de 200 modelos, sino también unidades originales que van desde el Volky tradicional en su carrocería, hasta ambulancia, camión de bomberos, camioneta postal, camper, remolque, taxi y vehículos militares. Cada uno de estos ejemplares, verdaderas joyas sobre ruedas de la postguerra, funcionan a la perfección encendiendo con el primer giro de la llave.
KTA: ¿Cómo surgió su afición por esta clase de automóviles?, preguntamos al doctor González Chacón.
“Cuando tenía 18 años de edad, trabajaba a tiempo parcial en la oficina central de Kodak en Puerta de Tierra. Así me ayudaba a sufragar mis estudios de Ingeniería Mecánica. A sólo metros de mi lugar de empleo se encontraba el primer concesionario de Volkwagen en Puerto Rico. Aprovechaba cada oportunidad que me surgía para caer por allí. Así me familiaricé con la mecánica tan sencilla y funcional de estos vehículos. Cada día mi fascinación hacia ellos aumentaba por lo bien diseñada de su mecánica en todos los aspectos. En 1958, por fin pude comprar uno, por el que pagué $900”.
KTA: Luego se convirtió en reparador, vendedor y coleccionista…
“Sí. Entre 1964 y 1966 vendí 2,000 Volkys a los empleados de la PPG y la CORCO por $300 de pronto y plazos de $1,000. Gracias a eso logré pagar mi carrera como naturópata. También, los estudios de mis hijos. Mientras ejercía mi profesión, adquiría y restauraba modelos que, para mí, tenían valor sentimental. Pero, todavía no alcanzaba la docena. Cuando supe que las fábricas de Volkwagen en Alemania, Argentina, Brasil y México se aprestaban a cesar la producción de modelos clásicos, aproveché para reunir la mayor cantidad, muchos en muy mal estado, con la idea de conservarlos y, eventualmente, exhibirlos. Ese fue el origen de este museo”.
Entre los ejemplares que se exhibit en Volkyland figuran dos de los 3,000 que se manufacturaron en México durante 2003, que fueron los últimos en el mundo. Sus tablillas indican que la cantidad de autos que se fabricaron de esta marca fue 21,529,464 y un sello incrustado en cada uno de los referidos 3,000 certifica que estos pertenecen a la Última Edición.
Otros ejemplares muy particulares, con ínfulas de estrellas hollywoodenses, son los usados en escenas de explosiones en la película Volkyrie, protagonizada por Tom Cruise (2008); los Kubelwagen ordenados para la taquillera cinta homónima del director Bryan Singer y, sobre todo, el que es considerado Joya de la Corona, el WW Beetle Split Window de 1947 que, por sus excepcionales características, se cree fue conducido por el propio creador de la marca, Ferdinand Porsche. ¡Funciona perfectamente!

Los interesados en visitar Volkyland para disfrutar de una experiencia inolvidable, deben comunicarse a través del número telefónico (787) 267-7774 para informarse respecto a horarios y boletos.

En nuestros escritos siempre hemos resaltado el papel prioritario de las artes dentro del contexto del desarrollo social. Estas, en cualquiera de sus manifestaciones, impactan todos los renglones de la convivencia: la Economia, la estética de los espacios públicos, nuestra historia y tradiciones y, como resultado de ello, el desarrollo sicológico, emocional e intelectual de los ciudadanos, lo que les provee las herramientas para interactuar en sociedad de manera positiva.
Soy fiel creyente de la fusión de las artes para que se complementen y se manifiesten con propósito, más allá del mero divertir, para que así dejen huellas y un mensaje educativo. Buen y hermoso ejemplo de ello lo constituye el telón que sirve de marco al Teatro Raúl Juliá del Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR), localizado en la Avenida de Diego Núm. 299, en Santurce, cuya inauguración aconteció el 1 de julio de 2000. Esta importante institución, sin fines de lucro, cumple la misión de enriquecer las vidas de sus diversos públicos haciéndoles accesibles el conocimiento, la apreciación y el disfrute de las Artes Visuales de Puerto Rico y del resto del mundo.
La referida sala fue concebida para fomentar el desarrollo de todas las expresiones escénicas y educativas de la comunidad. Se le dotó de los más modernos y sofisticados equipos audiovisuales, antena de telecomunicación para videoconferencias y sistemas de luces y sonido que lo hacen idóneo para toda clase de eventos artísticos. Acomoda 400 espectadores. En su moderna área de recibidor se exhibe la obra Horizonte, mural sobre lienzo creado por el muy reconocido Carmelo Sobrino, sobre quien abundaremos en otro escrito. Este teatro perpetúa el recuerdo y honra el legado de Raúl Juliá – bautizado con el nombre de Raúl Rafael Juliá Arcelay – (n. en Santurce, marzo 9, 1940 – m. en Manhattan, Nueva York, EE.UU, octubre 24, 1994), consagrado como uno de los grandes actores latinoamericanos de todos los tiempos y cuya carrera se desarrolló, principalmente, en el circuito teatral de Broadway y en la cinematografía hollywoodense. En la Meca del Cine se hizo acreedor al codiciado premio Globo de Oro.

En el documental Encajar en el Mundo, que recoge las experiencias vividas durante la elaboracion de la pieza, el autor intelectual de esta obra, Antonio Martorell, declara:“Me puse a jugar con las islas del Caribe como si fueran piezas locas de un rompecabezas que no sabía para dónde iban. Me di cuenta que esto no es tan diferente a lo que está pasando. Que las migraciones constantes de nuestros pueblos, por razones políticas, sociales, económicas, raciales, culturales y lingüísticas, no sólo en el Caribe sino en todas partes, responden a esa necesidad de buscar un nuevo modo de encajar en el mundo. Entonces me pregunté ¿por qué no llevar esto al encaje mismo? Porque estos dibujos servirían como referencias para crear mundillos. Pensé en las tejedoras de Puerto Rico y en la tradición del mundillo boricua”.
Mundillo nuestro constituye, ademas, un respaldo a nuestra industria de la aguja. Entre las artes de la aguja y el tejido que se han practicado en Puerto Rico, el mundillo es el único que ha evolucionado, adaptándose a los cambios de la moda, los gustos y el mercado, logrando alcanzar reconocimiento internacional. Es atesorado tanto por la destreza que requiere la belleza de su entramado, como por el valor sentimental que adquiere cuando determinada pieza se convierte en símbolo u objeto evocativo de alguna ocasión especial. Su nombre se deriva del almohadón sobre el cual se ejecuta, que es un cilindro que da vueltas sobre un eje horizontal.

El origen del mundillo es bastante confuso. Muchos historiadores lo ubican en Egipto durante los siglos 6 y 7. Otros en Italia y algunos en Francia. Para poder entrelazarla, la ubicaremos en Europa. En lo que a nosotros se refiere y según documentos históricos que poseemos, allá para 1871, estando Francia en estado de Guerra, residentes haitianos llegaron a Puerto Rico y se establecieron en el barrio Aceitunas, de Moca, introduciendo aquí el encaje del mundillo. Por su alta calidad, aquellos tejidos se hicieron muy codiciados entre las clases sociales privilegiadas españolas. Entiéndase, aristócratas, militares, religiosos y miembros de la Judicatura.
Muchas españolas adineradas residentes en Puerto Rico solían emplear a trabajadoras mocanas para el servicio doméstico. No pocas ya habían descubierto los secretos de este arte, siendo excelentes tejedoras. Fueron éstas quienes cimentaron nuestra propia historia sobre el tejido del mundillo. Los comerciantes comenzaron a mercadear sus trabajos – incluso, en el extranjero – y los turistas a adquirirlos. Hoy día, nuestras tejedoras pertenecen a todas las clases sociales y enaltecen la historia como catedráticas y profesoras del encaje de mundillo.
El Teatro Raúl Juliá recibe visitas de lunes a domingos desde las 9:00 de la mañana hasta las 11:00 de la noche. Está disponible para eventos artísticos y culturales. No así para actividades de carácter político-partidistas ni religiosas. Pueden solicitar mayor información a través del número telefónico (787) 977-6277.