A 30 años de la gran tragedia del Fin de Año de 1986:
¿Aprendió el Gobierno la lección
del fatal incendio del Dupont Plaza?
 
Cada año, aún en medio de la alegría de las festividades navideñas, todos recordamos el trágico suceso ocurrido el miércoles 31 de diciembre del 1986: el incendio del Dupont Plaza, uno de los más trágicos de la historia reciente.

De repente, a muchos podría parecerle que apenas han transcurrido unos cuantos años desde aquel amargo 31 de diciembre, pero, la realidad es que ya ha llovido durante un cuarto de siglo. Hoy resulta pertinente preguntarnos: ¿hasta qué punto, tanto las autoridades gubernamentales como otros sectores de nuestra sociedad, habrán asimilado la lección que aquella dura experiencia nos dejó? Por tanto, no sólo para conocimiento de las nuevas generaciones, sino como repaso para aquellos que tienen la responsabilidad de velar porque historias como esta no se repitan, vale la pena recordarla. Y estas fechas resultan oportunas para hacerlo.

       

Exactamente a las 3:45 de la tarde, en el área de las calderas y la cocina, situadas en el sótano del Hotel Dupont Plaza, imponente edificio enclavado en la céntrica Avendida Ashford en la zona del Condado, una de las áreas turísticas más exclusivas de nuestra ciudad capital San Juan, cobró fuerza uno de los incendios más espantosos que registra la historia americana contemporánea. Comparable al que redujo a escombros al Hotel Winnecof, en Atlanta, Georgia, en 1946 reclamando las vidas de 119 personas y al que se suscitó en el MGM Grand Hotel & Casino donde posteriormente se levantó el Bally’s Las Vegas en la llamada Capital Mundial del Juego y el Pecado, el 23 de noviembre de 1980. Esta segunda tragedia dejó un saldo fatal de 85 víctimas, la mayoría muertas por inhalación de humo. En ambos casos, se atribuyó a fallas del sistema eléctrico la causa de los siniestros.

La gran diferencia entre aquellos dos desgraciados episodios y el que nos tocó vivir en Puerto Rico fue que el de aquí no fue consecuencia de circunstancias fortuitas, sino un aborrecible acto criminal fomentado por líderes del sindicato entre su matrícula contra la empresa, sin haber medido las proporsiones del posible resultado. Sencillamente, la acción se les fue de las manos. Oficialmente, perecieron 97 personas y 140 personas (muchas quemadas y otras intoxicadas) colmaron el Centro Médico de Río Piedras generando el inevitable caos en dicha institución.

 

La mayoría de las víctimas fueron turistas norteamericanos y canadienses. Se dice que casi todos ellos se encontraban en el Casino y no pudieron escapar ante las exhortaciones de desalojo, pues las puertas de este salón de cerraron de inmediato dizque “por razones de seguridad”. De las cerca de 70 personas reunidas allí, entre visitantes y empleados, menos de diez lograron salvarse.  Porque, en cuestión de muy corto tiempo, en cada rincón de la hospedería se hizo presente la desesperación, la histeria y la muerte.

Hacía varios meses que, entre el gremio que agrupaba a los cerca de 300 empleados, específicamente la Unión de Tronquistas / Local 901, entonces presidida por José E. Cádiz Ayala, y la gerencia del Dupont Plaza, encabezada por Brook Thompson, se encontraban en un tranque en la negociación de un nuevo convenio colectivo, alegadamente por las exigencias del referido sindicato. Y, justo en tempranas horas de la tarde de aquel día, en el Ballrom y con la asistencia de 125 unionados más sus dirigentes, se había celebrado una nueva reunión encaminada a llegar a algún acuerdo con la plana administrativa de la hospedería, propiedad de un consorcio californiano. Aquella reunión culminó sin resultado satisfactorio a eso de las 3:40 PM. La principal condición que planteaba la gerencia para ceder a los reclamos de los tronquistas era reemplazar a 60 miembros del gremio por personal no afiliado al mismo.

Cinco minutos después, más o menos, tres unionados, liderados por Héctor Escudero Aponte, pusieron en acción su macabro plan. De acuerdo con la investigación policíaca, tras uno de los paneles removibles con que se ampliaba o se reducía el Ballroom conforme a la necesidad del momento, el referido colocó un latón de combustible inflamable, aportado por su cómplice Armando Jiménez Rivera. Y, junto al tercer secuaz, José Francisco Rivera López, ambos aguardaron por el resultado final de aquella reunión. Así que la cuestión era asomarse y encender la mecha si el resultado de la negociación no les complacía. Las llamas originadas en el área del Ballroom se propagaron rapidísimamente, siendo en el área de las calderas donde el fuego se agigantó, generando el pánico y la consabida estampida hacia la calle. Un detalle que trascendería más adelante da cuenta que uno de los responsables de la catástrofe, Jiménez Rivera, había sido visto, como abnegado buen samaritano, colaborando en el rescate de atrapados desde la azotea.

 
La Unión de Tronquistas puso en evidencia
sus intenciones a través de una cuña radial.
El entonces encargado de seguridad del hotel, Félix López, muy destacado en el ambiente de la lucha libre como el villano «Barrabás», revelaría a la Prensa que ya sospechaba de la planificación de un gran incendio, pues aquel mismo mes se habían dado cuatro que no recibieron cobertura periodística, pues fueron controlados con rapidez. Sin embargo, la Unión de Tronquistas había colocado una cuña radial en la que advertía a los potenciales visitantes que “El Dupont Plaza" no es el mejor lugar para despedir el año”. Así se lo hizo saber al gerente Thompson, quien lo autorizó a aumentar a 120 el número de agentes de seguridad bajo su mandato mientras duraran las negociaciones con el sindicato. Incluso, puso a su disposición una habitación en el Piso 7 para que la utilizara como cuartel. «Barrabás» reclutó para ello a buen número de compañeros luchadores y a agentes de la Policía Estatal que prestarían sus servicios tras cumplir sus jornadas de trabajo regulares. La sospecha era que el acto se cometería en horas de la noche, período durante el cual se concretaría la huelga con que amenazaban desde hacía par de semanas. ¡Fatal error de cálculo!
 
Cuando finalizó la infructuosa reunión entre patrones y líderes obreros y vieron salir al referido del Ballroom, el trío de incendiarios y otros unionados le gritaron repetidamente, a coro, “¡Barrabás, no te vistas que no vas!” y comenzaron a causar destrozos. A percatarse del que el fuego avanzaba de manera acelerada y se generaba el inevitable “corre-corre”, el todavía activo luchador se apresuró a bajar, pero el humo negro ya colmaba todos los rincones de la estructura. En un esfuerzo desesperado por, al menos, salir vivo de allí, saltó desde el cuarto piso. Como resultado de la caída, sufrió las roturas de tres costillas, los tobillos y una de las muñecas, más una herida en un ojo. Gracias a su corpulencia física no se mató, pero despertaría en el Hospital Pavía y su período de recuperación se prolongaría varios meses.

La investigaciones realizadas tanto por las autoridades estatales como federales lograron establecer vinculación directa del conflicto obrero-patronal con el diabólico acto, a pesar de que los líderes tronquistas negában tal hecho. De paso, condujeron al ajusticiamiento y convicción de los tres incendiarios. De ellos, el cabecilla Héctor Escudero Aponte es el único que permanece cumpliendo condena en una prisión norteamericana. Para suerte de Jiménez Rivera y Rivera López, el Gobierno se cansó de mantenerlos, por lo que puso en libertad al primero en 2001 y, al segundo, en 2002. Acción que indignó a familiares de las víctimas, pues de haber cometido su barbaridad en Estados Unidos, hubieran merecido la pena capital, la cual se quedaría corta al compararse al daño que ocasionaron.

Hoy, a 25 años de aquel negro capítulo de nuestra historia, otro dato relacionado permanece sobre el tapete: se trata del caso de demandas más prolongado que duerme en nuestro sistema judicial. Las reclamaciones sobrepasan los $2 billones. ¿Cobrará alguien algún día?

¿Qué revelancia nos impulsa a evocar este suceso? Son muchos los puntos que deben considerarse al recordar aquella experiencia. Por ejemplo, Carlos López Feliciano, entonces Superintendente de la Policía, aseveró no haber encontrado algún sistema contra incendios entre el primero y el octavo pisos, lo cual hace presumir que el hotel no contaba con métodos efectivos para afrontar un percance de tal naturaleza.
 
Hay dos puntos que convergen con nuestra realidad actual y cotidiana: pérdidas de vidas inocentes y conflictos socio-políticos que marcan la sociedad puertorrqueña dejando pérdidas irreparables. Si reflexionamos sobre la cronología narrada en esta reseña, podemos resumir lo siguiente:

Causa: conflicto obrero-patronal.

.Víctimas:  turistas, visitantes inocentes a nuestros conflictos de clase.

.Responsabilidad: una empresa extranjera que no contaba con los requisitos mínimos (extintores de incendio, alarmas adecuadas, etc.) para afrontar este tipo de crisis y epresentantes de una clase trabajadora que hace tiempo perdieron su norte como defensores de las obreros oprimidos.
 
¿Dónde estaba el Gobierno mientras este hotel operaba con dichas irregularidades? ¿Qué clase de líder era aquel que no le impartió a los unionados la consigna de No Violencia y, por el contrario, la estimuló? ¿Cómo quedó la imagen de Puerto Rico como destino turístico a nivel internacional?

El Puerto Rico de hoy esta al borde del colapso y hay que prevenir que tragedias similares se repitan. Las tasas de desempleo, de delitos y crímenes, así como el costo de vida se han disparado. La politiquería, no la política, ha impactado de manera negativa todos los renglones sociales. Si el sector gubernamental de un país no respondiera a intereses particulares o debiera favores en su camino, podría administrar objetivamente y evitar que los conflictos de clases se recrudezcan.

 

Muchos líderes han prostituido al sindicalismo,
convirtiéndolo en guarida de vividores.
 
 
Por primera vez en décadas se atentó contra la figura del primer mandatorio de nuestro País – caso de Roberto García López «Tipo Común», quien descargó su descontento lanzándole el famoso huevazo a Luis Fortuño – y eso es un síntoma peligroso que debe analizarse. De otra parte, las matrículas sindicales deben ser un instrumento de cambio social y no un lucrativo negocio. El sueño de justicia social predicado e impulsado por Santiago Iglesias Pantín (1872-1939) y otros próceres se ha echado al olvido. La bella, pero muy dura, historia del sindicalismo ha dado paso a que este movimiento se haya convertido en guarida de intereses personales. Todavía existen algunos líderes muy dignos, pero han sido muchos los que han tenido que enfrentar la justicia por ladrones.
Sin duda, el caso más sonado fue el de Héctor René Lugo, presidente de la Unión Independiente Auténtica (UIA), que se hizo multimillonario desde su posición y continuaba saqueando al arcas del referido gremio hasta que la ley le “echó el guante”. También fue bastante notorio el que, hace poco más de una década, involucró al entonces líder de la Asociación de Miembros de la Policía. Podemos asegurarles que, si hiciéramos una lista de nefastos ejemplos, la misma sería bastante larga. Ahhhlos casos de dirigentes que han permanecido atornillados en sus tronos durantes décadas para luego delegar sus cargos, como herencia, a sus hijos, tampoco han sido escasos.

Los sindicatos surgiron como centros pro defensa de los obreros, no como empresas particulares, voraces e insaciables en el empeño de atraer más dinero a sus arcas a través de las cuotas de sus representados enarbolando el ya trillado reclamo de “derechos” y que, a la corta o a la larga, termina pagando el pueblo sin recibir mayor beneficio. Es responsabilidad del Gobierno adoptar medidas que permitan una sana convivencia.

 

El Hotel Dupont Plaza fue, en sus comienzos y mejor época, el Puerto Rico Sheraton, de 22 pisos y dotado con 450 habitaciones. Fue inaugurado en 1963 y se hizo famoso por su lujoso cabaret, cuyo escenario acogió a numerosas estrellas internacionales y cuya orquesta de planta original era la batuteada por Bobby Capó; Uno de sus principales atractivos era la piscina de proporciones olímpicas que le permitía la celebración de diversos eventos. También era lugar habitual para carteleras de boxeo que se presentaban en su Ballroom. Ya en el umbral de los ‘80, fue vendido a la cadena Dupont Plaza, que lo remodeló elevando su número de habitaciones a 525. En 1970, fue rebautizado como Dupont Plaza Hotel.  En 1986, luego del trágico fuego originado por una disputa obrero-patronal, cierra sus puertas hasta 1995 cuando reabre bajo el nombre de San Juan Marriott Resort & Stellaris Casino.
 
  
Aquella noche puertorriqueña del 31 de diciembre de 1986, enmudecieron las orquestas de merengue y salsa. También los conjuntos de música campesina. No hubo asaltos navideños, parrandas ni se escucharon trullas, pues todos los medios se unieron al luto. La televisión en pleno rellenó sus espacios con apelículas religiosas – por momentos interrumpidas para boletines relacionados con la tragedia – y reportajes sobre los rescates de víctimas.

R.E.L.O. / KTA.
Diciembre 2, 2011.

 https://www.youtube.com/watch?v=AuclGvb4g-M

https://dupontplaza.wordpress.com/

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