
Los puertorriqueños estamos de luto: acabamos de perder la presencia física (en otro plano, su legado le reservó un nicho entre los inmortales) de una de nuestras más insignes compatriotas. Nos referimos a Trina Rivera de Ríos (n. en Vega Baja, noviembre 18, 1917 – m. en Hato Rey, junio 26, 2011), una mujer que, contrario a tantos que han hecho de la política o la carrera de Derecho un simple medio para enriquecerse explotando al prójimo necesitado aprovechándose de las truculencias forjadas por las mismas leyes que representan, consagró su vida a servir a los oprimidos a través de sus ejecutorias como trabajadora social.
Muchas veces enconadamente criticada por sus posturas, ya que cuando lograba alguna victoria en su lucha social el propio sistema y la politiquería gobernamental terminaba prostituyendo los resultados de sus esfuerzos, doña Trina jamás bajó su voz cuando esto acontecía. Porque lo mismo denunciaba los atropellos, que los excesos de benevolencia a favor de algunos que, por consecuencia, resultaban en prejuicio de otros. Estas circunstancias merecen un análisis muy minucioso.
Las experiencias vividas cuando era niña y solía acompañar a su padre en la oficina en que éste ejercía como secretario administrativo del todavía municipio de Río Piedras (1928), inspiró el sentimiento de solidaridad con los confinados en las cárceles de nuestro País que siempre la acompañaría. Resulta que dicha oficina era aledaña a la Penitenciaría y, desde las ventanas, podía ser testigo del trato que aquellos recibían por parte de los guardias y encargados de la referida institución. Incluso, desde allí podía hablar con algunos. Desde entonces se familiarizó con sus penurias. Y el hecho de que no todos eran delincuentes peligrosos caló profundamente en su corazón.
Irónicamente, desde hace ya largo tiempo, cuando la criminalidad ha alcanzado niveles espantosos, hoy un confinado le sale mucho más costoso al erario público que diez estudiantes talentosos; las tantas lagunas de las leyes – entiéndase, tecnicismos legales – facilitan que, a través de abogados inescrupulosos, que en este País son una epidemia, delincuentes habituales sean puestos en la calle con la mayor impunidad y que los maleantes les hayan perdido total respeto a las largas sentencias, pues saben que, en la inmensa mayoría de los casos, cumplirán sólo una fracción de las mismas. ¿Alguna vez se han preguntado ustedes cuántos que cierta vez fueron condenados a 30, 40 o 50 años de cárcel e, incluso, hasta a cadena perpetua, andan realengos por ahí tras haber “echo tiempo” algunos ocho, nueve o diez, por buena conducta o algún otro blandengue reglamento? Todas estas situaciones le granjearon a doña Trina innumerables detractores a los que debió enfrentar.
Otra causa de la cual se convirtió en abanderada fue la lucha en defensa de las mujeres abusadas por sus cónyuges desde una época en que se hacía imperativo que la Justicia pusiera mano dura contra los maltratantes. Así, junto a otros líderes unidos en esta campaña, logró muchos adelantos. Especialmente, la Ley 54 de Violencia Doméstica, aprobada en 1989. Pero, por mal aplicada, al final terminó convirtiéndose en atacante de la misma, calificándola “anti hombres”, pues no se cegaba a favor de ellas. El cacareado argumento de que, en términos generales, la mujer permanence bajo el yugo del machismo en nuestra sociedad, ella lo calificó como “un mito”. Y, fueron muchas las veces que, públicamente, denunció que “la Ley 54 está destruyendo a la familia puertorriqueña por ser discriminatoria y antihombre. El sistema no debe ser un ente estrangulador, que beneficie a unas desarmando a otros”. Esta postura también sumó detratores a esta valiente mujer que rechazaba identificarse como feminista, reconociendo que muchas mal llamadas por ese calificativo en realidad son abiertas antihombres.
Esta valerosa puertorriqueña fue la menor y última sobeviviente de una familia de seis hermanos. A la edad de 18 años obtuvo el diploma que la acreditaba como maestra normalista, habiendo ejercido como tal en escuelas públicas de la ruralía. Más adelante, completó Bachillerato y Maestría en Pedagogía en la Universidad de Puerto Rico. Luego volcó su interés hacia el Trabajo Social. En dicha materia obtuvo Maestría avalada por las universidades de Washington y San Luis, Missouri. El Doctorado le fue conferido por la Universidad de Pennsylvania. Para entonces, trabajaba en la División de Bienestar Público del Departamento de Salud, hoy Departamento de la Familia. Se le reconocería como la primera empleada del Gobierno que obtuvo este grado estudiando y, simultáneamente, trabajando para una agencia gubernamental en Puerto Rico. En la referida entidad se desempeñó como consultora y supervisora de la División de Servicios a Menores en y Fuera del Hogar.
Trina Rivera de Ríos fue cofundadora del Colegio de Trabajadores Sociales, que presidió durante el período 1953-1954. Fue miembro de la Fundación Carmen Rivera de Alvarado y J. Antonio Alvarado, Inc., así como de la Junta Directiva del Instituto Puertorriqueño de Derechos Civiles hasta 1991. Durante largos años y hasta su desaparición en 1994, fue asesora del Proyecto Te Escuchamos Juventud.
Doña Trina ejerció el cargo de jefa del Negociado de Instituciones de Menores y los Centros de Tratamiento Social (1963-1970). Renunció a esta posición por no estar dispuesta a someterse a las presiones político-partidistas originadas en el entonces recién creado Departamento de Servicios Sociales que, irónicamente, había ayudado a fundar durante la gobernatura de Roberto Sánchez Vilella. Forzada por las consecuencias de su decisión, ya que le negaron empleo en todas las agencias donde intentó encontrar acomodo, emigró a Nueva York. En la Gran Urbe logró cabida, en calidad de sub-directora, en el primer Departamento de Estudios Puertorriqueños de la Universidad de Nueva York, el cual era dirigido por la insigne intelectual ponceña María Teresa Babín. Aquel mismo año fue nombrada directora del Primer Programa Bilingüe de la misma Universidad y el recinto Lehman College, en el condado de Bronx, donde permaneció hasta 1976, cuando un padecimiento cardíaco la motivó a regresar a su patria.
En 1980 fundó el Comité de Amigos y Familiares de Confinados, para velar por los derechos de los presos. Concentró su interés en la implantación de un proceso de rehabilitación eficiente; de que se les concediera el derecho al voto y, sobre todo, de que se les dispensara un trato digno de cada ser humano. Su incansable labor social la hizo merecedora de innumerables reconocimientos y distinciones. Entre otros:
• Seleccionada Mujer Puertorriqueña Distinguida en el Campo Laboral por el Senado de Puerto Rico “por su tesón y empeño de superación en el campo del civismo” en 1994.
• Seleccionada Ciudadana Distinguida de la Tercera Edad por la organización Servicios Integrados a la Comunidad en la Tercera Edad (SICTE), el 10 de noviembre de 1999.
• Medalla de Altos Méritos conferida por la Asociación de Graduados de Escuela Superior de Vega Baja por “su encomiable aportación a los óptimos valores de nuestra sociedad y su fructífera labor profesional y humanitaria a favor de los sectores marginados”, el 22 de enero de 2000.
• Homenaje por parte de la Comisión de Derechos Civiles de Puerto Rico, que le dedicó el Noveno Congreso Puertorriqueño Sobre Derechos Civiles, el 1 de febrero de 2000.
• Homenaje por parte de la Asamblea Municipal de San Juan por “su constante defensa de los derechos humanos y las causas nobles”, el 10 de debrero de 2000.
• Doctorado en Ciencias del Comportamiento Honoris Causa, conferido por el Centro Caribeño de Estudios Postgraduados, hoy Universidad Carlos Albizu, el 24 de marzo de 2000.
• Homenaje por parte de la Administración Municipal de su natal Vega Baja y su alcalde Luis Meléndez Cano, como Dama Destacada del 2000.
En junio de 2011, apenas una semana antes de su fallecimiento a la avanzada edad de 93 años, el edificio principal del primer Centro Universitario Correccional, en Bayamón, fue bautizado con su nombre.
Publicó los libros The Disturbed Child (su tesis doctoral); Puerto Rico: somos, innumerables artículos periodísticos y dejó inéditos gran cantidad de poemas.
Trina Rivera de Ríos contrajo matrimonio con Jesús Manuel Ríos Chico en 1939. Frutos de esta unión fueron Carmen Amparo y Miguel, a quienes dieron dos hermanos de crianza: Benjamín y Guillermo. Siempre rehusó identificarse y rechazaba que otros lo hicieran como “Viuda de Ríos”, porque decía que jamás dejaría de pertenecer, en cuerpo y alma, al hombre que la hizo feliz a lo largo de seis décadas. Por eso, continuaba siendo “de Ríos”.
Adoptó como consigna la siguiente reflexión: servir es el don de aquél que en su camino oyó la voz de de Dios e hizo el destino”. ![]()