
A pesar de que su formación intelectual fue eminentemente autodidáctica, el poeta César Gilberto Torres (n. en San Sebastián del Pepino, diciembre 31, 1912 / inscrito febrero 22, 1913 – m. en Moca, abril 27, 1994) fue capaz de cimentar un prestigio en el panorama literario, siendo reconocido como talentoso cultivador de la poesía romántica clásica. En su obra también proclamó su sentimiento patriótico, subrayando su identidad puertorriqueña y planteando su ideal de Independencia para la tierra que lo vio nacer.
De origen muy humilde, este ilustre puertorriqueño era hijo de Segismundo Torres Avilés y Pilar Rodríguez Hernández. Presionado por la pobreza, sólo llegó a terminar el octavo grado de estudios académicos regulares. Sin embargo, para entonces ya le había aflorado la vena poética. Y, con gran sacrificio, en 1932 logró publicar su primer libro de versos: Flores entre páginas. Al año siguiente (1933), su poema Días de Navidad fue galardonado en un certamen celebrado en Lares. Para aquella fechas se afilió al Partido Nacionalista encabezado por Pedro Albizu Campos. Dentro de esta colectividad llegó a destacarse como líder regional.
En 1935 marchó a Nueva York en pos de un mejor bienestar económico, estableciéndose primero en el Barrio Latino (Este de Harlem). Más adelante, se radicó en Brooklyn. En la Gran Urbe prosiguió su lucha por la causa pro Independencia para Puerto Rico, siendo uno de los funcionarios del Cuartel del Partido Nacionalista en Brooklyn. En 1938 fue condenado a año y medio de prisión, acusado por encabezar un atentado contra el Cuerpo de la Detective de aquel condado, en represalia por la invasión realizada por agentes del referido organismo al Cuartel nacionalista. Para su suerte, la sentencia le fue suspendida. Entonces y, desde su llegada a Nueva York, procuraba su sustento trabajando en fábricas.
Cinco años después, por negarse a servir al Ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial, fue condenado a cuatro años de prisión, cumpliendo los primeros dos en una cárcel de Lewisburg, Pennsylvania (1943-1945) y, los dos restantes, en el penal de Danburry, Connecticut (1945-1947). Al recobrar la libertad, retornó a su hogar en Brooklyn y a su rutina trabajando en fábricas. Paralelamente, desarrolló una intensa actividad cultural, habiendo fundado la Casa de San Sebastián, centro de encuentro y tertulia de pepinianos radicados en la Gran Urbe. También, junto a su no menos ilustre compueblano Juan Avilés Medina y los españoles Odón Betanzos Palacios y Federico Onís, fundó el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos (CEPI) – con sede en Manhattan –, del cual fue primer presidente.
En 1950, su poema Jíbara santa fue declamado por la eximia actriz cubana Eusebia Cosme en un espectáculo celebrado en el Town Hall. Por su parte, Rafael Bartolomei hizo lo propio con el titulado Jíbara del Gandubán en otro evento artístico presentado en el Carnegie Hall. Valga resaltar el dato de que este último poema fue calificado como “uno de los más perfectos escritos en la lengua española” por el insigne pensador colombiano Jorge Artell, a la sazón conferenciante en la Universidad de Puerto Rico.
Obras publicadas: Flores entre páginas (1932); Abanico de fuego (1943); Aromas de limón (1949); Resolana, antología (1970); Guanín (1981) y Pasión del alma (1989). Muchos de sus poemas, no incluidos en los referidos libros, fueron publicados en los mensuarios El Gorrión, Palique y Maguey, de San Sebastián del Pepino. En el primero de los mencionados – editado y dirigido por Ramón Vargas Pérez durante la década de los ‘70 – mantuvo la columna San Sebastián en Nueva York bajo el seudónimo de P. Pino (1973-1975). A su autoría se acredita, además, la letra del bolero Trigueña, cuya melodía creó su compueblano Benito Fred Barreto (1907-1988). Este fue grabado originalmente por el Cuarteto Los Naipes (Hernand, 1965). En 1976 también fue llevado al disco por Papo Valle y su Trío Borinquen.
En 1975 regresó definitivamente a su pueblo, donde pasó sus últimos años. A continuación, una breve muestra de sus poemas más conocidos.
Jíbara del Gandubán
¡Jíbara del Gandubán…!
toda fresca a saúco y yerbabuena,
con almidón de yuca en tus enaguas
y en tu rostro corteza de canela.
Con sangre de melón en tus mejillas
y arcoiris de flores en tus trenzas.
Con temblores de pino en tu mirada
y el color del caimito en tus ojeras.
Viene sobre la jaca de Collores,
viene como de Ponce la quenepa.
Yo guardo aún, dentro del coco de agua
seco y vacío, tus criollas prendas:
tu pequeña sortija de corozo,
cadenas de camándulas isleñas,
tus pantallas de rojas peronías
y el gancho roto del collar de pepas…
y hasta el retrato tuyo como símbolo
de una recién nacida madreselva
con mecidas de hamaca en tus pupilas
y floración de campos en tus piernas.
¡Quién tuviese la dicha y el sosiego
de ser en tu panal la única abeja!
¡Un corazón bordado en tu pañuelo
hincado por tus lágrimas de perlas
o ese lunar que se pintó de oscuro
en un rincón de tu carita bella!
¡Y ser moriviví por molestarte
y avispa que te pique en la conciencia!
En vano me mecí en el cucurullo
donde se mecen todos los que sueñan
y me creí muy grande al lado tuyo
como un pavo real con sus realezas.
Y cuando vi la realidad, entonces,
quise bajar del pedestal de cera
y mi barro te di para tu cántaro
y olor a pichipén de mi corteza.
Y ¿quién que tenga un corazón que ame
no está celoso de la misma selva
que brinda a tu florero siemprevivas
y da el ajonjolí que te refresca?
Y ¿quién que siembre un árbol de poesía
no está celoso cuando a ti se acerca
el pitirre bohemio que te canta
y el viento dormilón sobre tu trenza?
¡Ahhh…! Y bien lo sabes tú, que ante tus ojos,
se me apocaron todas mis promesas
cuando te vi pasar tan orgullosa
al cantío de un gallo de mi pena.
Fui llovizna de otoño en tu plantío,
una espiga de oro en tu cosecha
y, en tu batey, un árbol de gallitos
sin el kikirikí de tu tristeza.
Fueron muchas tus frases de yagrumo
y, en tus palabras rubias y trigueñas,
el veneno de amor libé en el coco
lleno de espuma, de tus frases huecas.
Y hubo un florecer de pasionarias,
un despertar de celosías abiertas
y, al mirarte pasar, el Palo Santo
quiso pecar al contemplar tus piernas.
Para tu colección de cosas gratas,
yo te traigo, en honor a tu belleza,
el Canto de las Piedras de Aguadilla,
unas piedras que cantan de tristeza.
Y, del Monte Llorón de Guayanilla,
una mata que llore por tu ausencia,
por si acaso mi amor muere sin lágrimas
Y quieres irte… sin que yo lo sepa.
Jíbara santa
No me pidas perdón, dulce amor mío,
no pudo remediar lo que te pasa.
Ve y rézale a la Santa que fue jíbara
y a la Gloria se fue con su potranca
llevando gallinitas a San Pedro
y una paloma turca a Santa Clara.
Ve y pídele perdón por tus pecados.
Hazle promesas en su altar de pajas.
Ella conoce a fondo tus costumbres,
sabe de tus angustias y tus lágrimas.
Ha visto la tristeza del bohío,
porque amapola fue de las montañas.
Fue una pobre descalza y mal vestida
que llevaba reinitas en el alma.
Era un llanto de tórtola en la noche
y alumbraba su amor como una lámpara
y, por eso, en el Cielo y sin permiso
del Vaticano y sin oir al Papa,
La bautizaron como Santa Jíbara,
porque siendo una jíbara fue santa.
Y aunque luce su túnica, no olvida
el remiendo que tuvo en las enaguas.
Si es que vas a rezarle, niña mía,
invocando el amor de aquella hermana,
no le reces así, como le rezas
a las otras que ya son viejas santas.
Deja el devocionario, te lo ruego.
Haz tu Oración en jíbaras palabras.
Ella comprenderá lo que tú digas
con el sólo fulgor de su Mirada,
porque ella es criolla y bien le gusta
el idioma que habló cuando muchacha.
Es tan buena y humilde como en vida
y sabe bendecir todas las casas.
Tú verás muchos ángeles en óleos,
muchos santos dormidos en estatuas,
Pero ésta, que es jíbara, no quiere
grabarse en yeso ni mirarse en láminas,
ni que escriban su nombre en muchos libros,
ni que luzca su rostro una medalla.
Pero si su ilusión es verla un día
en una esfigie, para así adorarla,
que venga un escultor y la cincele
en la corteza de tu coco de agua.
O dile al que la vio que te la pinte
en lienzo de maguey para tu sala.
El sátiro
Frente a la playa un día,
como si fuera un ángel de la arena,
una mujer de excepcional belleza
lucía ante los ojos de los hombres
ese vaivén de tropical palmera
y, en las curvas rabiosas de su cuerpo,
se volcó un corazón que era de piedra.
Y la miraba el sátiro
como un pulpo que mira a las almejas,
cuando en el agua apareció la joven
gozosa de las líquidas esferas
que temblando a sus ojos parecían
nna cristalería de belleza.
Y la miraba el sátiro
como un lobo que mira a las ovejas…
Cosecha blanca de infernal lujuria,
con africana sensación de fresa,
con la sed insaciable de lascivia
que engendró una pasión canibalesca.
Y la miraba el sátiro
con unos ojos como arañas negras…
Y le tendió un tentáculo agresivo,
un brazo de oleaje en sus caderas
y en los girasoles de sus senos
rozó sus labios con pasión bohemia.
¡Qué sátiro es el mar
cuando en su lecho abusa de las hembras!
El medallón
(Dedicado a Pedro Albizu Campos: el hombre que perdió la voz
gritándole a su pueblo para que fuese libre)
Era un ladrón que aprovechó la sombra
y abrió la puerta que dejé cerrada.
En busca de metal, alzó la alfombra,
rompió el baúl y destrozó la almohada.
Llego a mi hogar y de repente noto
una vela en el suelo abandonada,
un laberinto de cristales rotos
y, en el piso, unas huellas de pisadas.
Con suficiente fondo, mi alcancía,
para gozar mi vacación al campo,
dejé en el tocador… y allí también había
un medallón de Pedro Albizu Campos.
Allí encontré un papel en que he mirado
el corazón de algunos malhechores
que bajan el puñal avergonzados
ante la mano que cultiva flores.
“Yo te quise robar – me escribe el diestro –,
tengo hambre y no quiero ser villano,
porque sé que ante el cuadro del Maestro
el hombre tiene que limpiar sus manos”.
Allí nadie robó. Aunque en desorden,
que es cosa de esperarse, el mobiliario
contra el robo y el crimen, triunfó el orden
tornándose mi hogar en un santuario.
Más, ¡ojalá! que con afán romano
se hable en cada hogar de Independencia.
Si ante aquel cuadro un ladrón limpió sus manos,
que se limpie mi pueblo su conciencia.
La corona rota
Te lo dije una vez y te lo dije en carta:
“entiérrame en la tumba de tu pecho
y ponme la corona de tus lágrimas”.
Hace tiempo que estoy aquí dormido
sin una cruz ni un rayo de esperanza,
sin una golondrina que se pose
por un momento a acariciar mi lápida.
Sin una flor que crezca en mi sepulcro,
sin un sauce que llore mi desgracia.
Sin un sepulturero que vigile
la tumba aquella que cavé en tu alma.
Hace tiempo que estoy aquí dormido,
donde no brilla el Sol ni nacen albas;
donde no existe un árbol que dé sombra
y ni el viento lo toque con sus alas.
Hace tiempo que estoy tan sepultado
donde no veo el cielo de tu gracia,
donde no veo las nubes de tus sueños
dando a mi predio su ración de agua.
Hace tiempo que ya no veo tus ojos,
ni las caricias de tus manos blancas,
ni el vaivén juguetón de tu cintura
soltando al aire majestad de ráfaga,
porque los muertos sienten, si son muertos
que aún de muertos les queda viva el alma.
¡Quiero vivir! Romper este sepulcro
tan horroroso y frío que me espanta.
¡Quiero vivir! Despertaré de nuevo
para yo ser un Lázaro en tus ansias,
para romper cadenas de silencios,
para romper la tumba que me tapa.
¡Hace tiempo que estoy pidiendo altura!
¡Hace tiempo que estoy pidiendo alas!
Hace tiempo que estoy buscando a un Cristo
que venga a mi sepulcro y diga “¡Anda!”
Entonces me levantaré en tu pecho,
surgiré del pulmón de tus entrañas
y aquel bardo bohemio que olvidaste,
resucitado en ti, camina y anda
Por ese corazón que ya no es mío,
que es tierra prohibida de mis ansias.
Yo me alzaré de alto, bien alto,
cogeré la corona de tus lágrimas
y haré de cada lágrima una estrella
para mi cielo en sombra de desgracia.
Rota en hilacha la corona tuya
dará luz a las nébulas lejanas
que horiizontes mágicos de estrellas
oscuras, siempre a eternidad avanzan.
Pero, una voz me dice:
“Es imposible, aunque venga Jesús y diga ‘¡Anda!’
Ese sepulcro tuyo es un infierno
y allí no va Jesús con su palabra.
Sigue durmiendo ahí, porque tu vida,
ya no es tu vida, la mató una ingrata”.
Hace tiempo que estoy en tu sepulcro,
donde los muertos tuyos no se escapan.
Yuya
Y Yuya, ¿dónde está? Así le dije
a su esposo que triste me miraba.
“Murió el segundo sábado de enero”,
me contestó con voz casi apagada.
“Sabes que el día doce la enterramos
y me puse a llorar sobre su caja”.
Aun a cinco semanas de su muerte
con dolor en el alma la lloraba.
Y tuve que decirle: “Calma, Víctor,
no llores más y cógelo con calma,
que esa santa de amor está en el Cielo
y las Santas de Amor no quieren lágrimas”.
Y ¡cómo Yuya se portó conmigo
las muchas veces que yo fui a su casa
y me servía mi café Yaucono
con queso blanco y dulce de guayaba
y, en vaso de cristal, jugo de china
y, en taza azul, flan de calabaza!
Y siempre le rezaba al Padre Eterno
y los buenos consejos que me daba:
“olvídese, don César, de las copas,
que el Diablo de la Muerte por ahí anda”.
Despertóse una noche con fatiga
buscando el aire que le hacía falta
y, en medio del dolor de la familia,
Yuya se fue, como se va una lágrima
a enjugarse en el manto de la Virgen
o en la voz de Jesús se hizo palabra.
Jesús de Nazareth, que allá en el Cielo
recoge prendas cuando son del alma.
Fallóle el corazón, que no fallaba
cuando iba por bien de casa en casa
y en todo su vivir siempre tenía
la protección de un Ángel de la Guarda.
Mas cuando llega el tiempo de marcharnos
hacia el oscuro mundo de la nada,
si allí estuviese, por si acaso, Yuya,
limpiando estrellas de la Vía Láctea,
igual que una luciérnaga en la noche,
el corazón de Yuya lo alumbraba.
(*Entendemos que, en este poema, incluido en su libro Pasión del alma (1989)
y que dedicó a nuestra madre, Julia «Yuya» Ortiz Alicea, don César
recurrió a una de las consabidas “licencias poéticas”, pues él sabía
que Yuya no falleció en enero, sino en diciembre de 1987).
Johanna Rosaly
Johanna Rosaly, “lindo capullito de alelí”,
fresca amapola, miel de caña.
“Preciosa te llaman las olas del mar que te baña”.
Y allí, Johanna Rosaly, pasión que arranca
empujes de ternura,
“garza dormida entre la espuma blanca
del níveo cinturón de tu cintura”.
Y allí, Johanna Rosaly,
mi inspiración sobre tu cara estrujo
en un baño de oro.
“Mujer que conserva el embrujo de unos ojos moros”.
Dijo Davilita y también Danny Rivera como lo dices tú:
“¡Ay, si mi patria tuviera
su propia bandera desplegada al Sol”.
M.L.O. / KTA
Diciembre de 2010.